sábado, 16 de enero de 2010

AUTOAYUDA

Eran las 6.30 de la madrugada de un viernes, como casi todas las noches, el insomnio podía con Ricardo Pineda. Cada día la misma historia, a las cuatro después de medianoche le entraban unas ganas inmensas de escribir. Se sentaba en frente de su Olivetti con un gintonic bien cargado. Pero no servía de nada, ni su ingenio, ni el alcohol, ni si quiera el porro con el que lo intentaba de vez en cuando.

La seguridad mató al genio. Pineda llevaba dos años con el mismo trabajo, la misma mujer, el mismo piso. No tenía problemas y sin embargo, ese era su problema. Sabía de sobra, que eso no era ninguna excusa, si cambiaba de trabajo, de mujer, o de casa, al tiempo, estas nuevas adquisiciones tomarían la etiqueta de viejas otra vez. Era un ciclo repetitivo, hostil, conocido y complejo.

Tenía un Máster en Libros de Autoayuda. Desde Bucay y Punset, a Brian Weiss, los conocía a todos. Su estantería del salón estaba invadida por centenares de manuales y recetas sobre la felicidad. Y era un hombre feliz, pero no lo estaba. Ya no sabía qué hacer con su vida. Ni de dónde sacar un pellizco de imaginación y así poder escribir más de dos líneas seguidas.

Por eso, esta noche, Yo, Ricardo Pineda, harto de mirar cómo se me escapa la vida, he decidido convertirme en un personaje de ficción ya que... sólo sé hablar de mí. No sé qué es lo que le pasa a la gente, sólo sé lo que me pasa a mí.

O lo que no me pasa.

ACOIDÁN

1 comentario:

  1. necesito autoayudarme
    para poder aprenderme,
    para poder amarme.

    necesito conocerme,
    para poder frenarme,
    para poder cocerme.

    necesito vivir,
    para poder morir,
    para poder resucitar.

    Ricardo Pineda vino para quedarse.
    Como Antonio Furioso el turbulento.

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